Incendios Forestales.

RESPUESTA SOCIAL Y DEMANDA DE NUEVAS POLÍTICAS CONTRA LOS INCENDIOS
Las asociaciones convocantes de la manifestación del pasado sábado, quieren agradecer a toda la sociedad berciana la sincera y contundente respuesta que, en forma de riada humana, recorrió las calles de Ponferrada desde la Plaza de Lazúrtegui hasta el edificio de la Junta de Castilla y León, diciendo “Basta de incendios. ¡Tolerancia cero!”.
Los incendios forestales son, sin paliativos, una tremenda desgracia para el conjunto de la sociedad. Todo son pérdidas: biomasa fotosintética (producción de oxígeno y fijación de dióxido de carbono), nutrientes minerales, suelo, capacidad de retención hídrica, biodiversidad, patrimonio natural, patrimonio cultural, recursos económicos,…
Las asociaciones quieren, además, que esta demostración de hartazgo de la sociedad berciana frente a la impunidad con la que los incendiarios queman año tras año los horizontes de El Bierzo, sirva para que las diferentes administraciones públicas (Junta de Castilla y León, Diputación Provincial, Consejo Comarcal y Ayuntamientos) implicadas en la gestión del medio natural adopten nuevas políticas y cuenten con la opinión de la sociedad a la hora de diseñarlas.
Nuevas políticas cuyo principal objetivo sea que no se lleguen a producir los incendios forestales. Políticas que incidan en la vigilancia de los “puntos calientes”, perfectamente conocidos: la práctica totalidad de los incendios forestales en El Bierzo son provocados, por tanto, son evitables.
Nuevas políticas que desincentiven la existencia de incendios y que desvinculen al máximo el empleo en el sector forestal de la ocurrencia o no de incendios. Esta estrategia no solamente reduciría la superficie quemada, evitando la consiguiente pérdida ecológica, sino que ahorraría buena parte de los recursos económicos dilapidados en la extinción.

¿Por quéarden, año tras año, los montes del noroeste de España?

La respuesta es bastante simple: porque hay quien tiene interés en que ardan.

A estas alturas, a nadie medianamente informado se le ocurre dudar del origen intencionado de prácticamente la totalidad de los incendios que se producen en la “España húmeda” (Galicia, Asturias, Cantabria, León,…). También ha desaparecido la idea del pirómano que disfruta con la visión del fuego devorando las laderas.

Hoy en día quien incendia y quien permite que se incendien los montes es la economía del fuego.

Del mismo modo que las guerras pueden ser interpretadas como necesarias para el sector de la industria armamentística y pueden ser vistas como una oportunidad de negocio para los lobbies de la reconstrucción, así los incendios forestales pueden ser entendidos imprescindibles si se ha creado una economía del fuego. Y la cosa se complica aun mas si las propias administraciones publicas forman parte del entramado de esa economia, donde no se sabe muy bien donde acaba lo publico y donde empiezan los intereses exclusivamente privados.

Los incendios forestales, no obstante, son, sin paliativos, una tremenda desgracia para el conjunto de la sociedad. Todo son perdidas: biomasa fotosintética (producción de oxigeno y fijación de dióxido de carbono), suelo, capacidad de retención hídrica, biodiversidad, patrimonio natural, patrimonio cultural, recursos económicos,…

Sin embargo, en el mismo momento del incendio y tras él, aparecen una serie de yacimientos de empleo y de negocio. La extinción por tierra representa empleo duro y sacrificado, pero empleo al fin, para los brigadistas, a la vez que reporta ingresos a las grandes empresas forestales que moverán maquinaria pesada para atajar las llamas. La extinción por aire supone un mínimo empleo publico y una oportunidad de negocio para las compañías de aeronaves de extinción. Los municipios afectados reclamaran la declaración de zona catastrófica y demandaran recursos extraordinarios a las administraciones. Los ganaderos, una vez conseguida la anulación de los acotamientos de zonas quemadas a nivel legislativo, podrán soltar sus vacas y yeguas en las laderas recién quemadas para aprovechar las primeras hierbas que salgan tras el fuego. Las empresas madereras retirarán, a precio de saldo, la madera quemada para evitar males mayores como las plagas forestales, pronosticadas por la ingeniería forestal, y con ella obtendrán beneficios económicos. Las grandes empresas de trabajos forestales pujarán por adjudicarse los futuros trabajos de restauración y de reforestación que las administraciones ofertarán a concurso público. Esas grandes empresas se llevarán la mayor parte del beneficio empresarial simplemente dividiendo y subcontratando los grandes proyectos de restauración a otras pequeñas empresas forestales que sobrevivirán con las migajas de los grandes prepuestos. La maquinaria pesada de las grandes empresas de la obra civil abrirá nuevos kilómetros de pistas para acceder a los últimos rincones donde las llamas arrasaron la vegetación.

Y el incendiario volverá a su casa sin que nadie le haya parado ni por el monte, ni por las pistas ni por las carreteras y verá todos estos acontecimientos con la certeza y tranquilidad de que nadie llamará a su puerta. ¿Por qué?

Porque todos los esfuerzos estarán volcados inicialmente en la extinción. Incluso los agentes forestales y los agentes del SEPRONA tendrán que dedicar sus esfuerzos a extinguir las llamas antes que a perseguir al delincuente.

Y porque después la ingente cantidad de dinero público que habrá que emplear tras el incendio, se dedicará a alimentar a todos y cada uno de los eslabones de esa terrible cadena de la economía del fuego.

Y todo ello porque nuestra administración pública gestiona el medio natural con el prisma antropocéntrico, productivista e intervencionista de la ingeniería forestal y no con la visión holística de la ecología que, entre otras cosas, nos explica que los procesos naturales no funcionan al ritmo de los mercados y que todas las etapas de la sucesión ecológica son necesarias para alcanzar la plenitud del ecosistema.

Si se invirtiese ese modo de entender el medio natural, se consideraría que cualquier ladera vegetada es la mejor garantía para la retención y el suministro del agua, es el más formidable cimiento contra la erosión, es la mejor herramienta para la lucha contra el cambio climático y es paisaje para nuestra mirada. Es, en definitiva, algo muy valioso.

Y cuando algo es valioso lo defendemos con uñas y dientes y para ello esa nueva manera de entender el medio natural podría dar un vuelco total a sus principios y objetivos: evitar que se originen los incendios, que siempre son intencionados.

Para ello los mayores esfuerzos deberían dedicarse a hacer difícil que un incendiario cometiese su delito con total tranquilidad e impunidad. Una mayor dotación, tanto de personal como de medios, en la vigilancia de los montes haría mas difícil la impunidad del incendiario y, de paso, haría disminuir otras lacras como el furtivismo o el “todoterrenismo” salvaje. Ademas las diferentes administraciones autonómicas tienen perfectamente localizados los municipios en los que los incendios son, no ya más frecuentes, sino vergonzosamente reiterados todos los años.

Por otra parte, podría desarrollarse una política que desincentivara la existencia de incendios. Esa estrategia no solamente reduciría la superficie quemada, evitando, por tanto, la perdida ecológica, sino que ahorraría buena parte de los recursos económicos dilapidados en la extinción:

  • sueldos fijos a los medios de extinción, tanto terrestres como aéreos, y primas económicas al final de cada campaña, proporcionales a la reducción en la superficie quemada;
  • primas y reconocimiento a los municipios que no tengan incendios;
  • eliminación o reducción severa de las ayudas económicas a las zonas quemadas,
  • acotamiento para cualquier uso de una zona quemada durante, al menos, 10 años;
  • eliminación del jurado popular para el enjuiciamiento de los delitos de incendio y
  • endurecimiento de las penas.

En definitiva, aunque el problema de los incendios forestales es un tema grave y difícil de abordar, creemos que hay políticas que atienden más a la extinción y a la posterior intervención y otras que se centran más en evitar que se produzcan. Nosotros creemos más en estas últimas, porque no creemos que los incendios forestales sean inevitables.

Emilio de la Calzada Lorenzo
Plataforma para la Defensa de la Cordillera Cantábrica.

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